MARIA JOS ARANA, BENITO DEL VALLE
La clausura tiene unas rai´ces no exclusivamente religiosas, sino principalmente socioculturales y simbo´licas que esta´n muy relacionadas con una antropologi´a miso´gina, que interpreta a la mujer de una determinada manera.
La clausura, especiali´simamente la clausura femenina, ha sido la principal cota a alcanzar en todas las reformas eclesia´sticas. Su imposicio´n se debi´a sobre todo a necesidades «correctivas». Adema´s, se la considero´ como la «cerca» y defensa eficiente para la salvaguarda de la castidad.
Las mujeres no fueron consultadas en esta transformacio´n. Las monjas y beatas, en general, no aceptaron de buen grado el siempre temido y rechazado encerramiento. Hubo protestas, se pusieron serias dificultades, la voz de las religiosas no fue escuchada.
Es necesario desvelar la historia y reformular el pasado desde la experiencia secular femenina. La falta de «memoria» lleva a la apati´a poli´tica e indiferencia pra´ctica. La ignorancia de nuestra historia nos mantiene relegadas y reducidas al silencio. La falta de una seria reformulacio´n nos anquilosa.
Acogemos el dolor de las mujeres con un corazo´n sensible, convertido y agradecido. La memoria histo´rica nos sostiene en la lucha por lograr unas estructuras ma´s justas. El clamor de las mujeres nos despierta de la apati´a y de la indiferencia y nos situ´a cerca de todo dolor humano. La Iglesia deberi´a dejarse interpelar y confrontar por el dolor de las mujeres pasadas y presentes.