Admirable cronista siempre de la ciudad, el autor se convierte en Tres tristes tigres en un enorme creador de personajes (quién no recordará a Bustrófedon, a Arsenio Cué, la Estrella, a Silvestre, a Códac, a Cuba Venegas) y en La Habana en un retratista de mujeres excepcional. En sus respectivos géneros, las dos obras se constituyen en una educación erótica que alcanza dimensiones alcanza dimensiones parecidas a la educación sentimental flaubertiana.